Policarbonato de Grado Médico en Cirugía Plástica
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Hay historias que un periodista nunca quisiera contar, especialmente cuando se trata de la propia. Vilma Tarazona, una reconocida corresponsal con una carrera forjada entre la violencia de Colombia y las redacciones de Inglaterra y Estados Unidos, se ha enfrentado a innumerables tragedias a través de su lente y su pluma. Sin embargo, ninguna preparación académica ni experiencia profesional pudo haberla preparado para narrar el capítulo más oscuro y doloroso de su existencia: la repentina y devastadora pérdida de su hijo, Oliver Strong.
Para Vilma, su vida era la definición de la perfección. Un matrimonio sólido y amoroso con su esposo Simon, a quien describe como el pilar de su vida, y dos hijos extraordinarios que eran el fruto de ese amor: Oliver, de 12 años, y Edward, de 11. Eran el retrato de una familia feliz, unida y llena de sueños, conscientes de la fortuna que tenían. No existía en su horizonte ni la más mínima nube que presagiara la tormenta que estaba a punto de desatarse y que cambiaría sus vidas para siempre, sepultando la felicidad que conocían bajo un manto de dolor incomprensible.

Oliver no era un niño común. A sus 12 años, poseía una madurez y una empatía que superaban con creces su edad. Era un niño saludable, vibrante y lleno de vida, tanto física como emocionalmente. Le dolían profundamente la injusticia, la violencia y la pobreza; albergaba en su corazón el noble deseo de cambiar el mundo. Entendía el valor del esfuerzo y la perseverancia. Con tan solo 6 años, y siendo el único estudiante nuevo en su clase, decidió postularse al consejo estudiantil. Sus posibilidades eran mínimas, pero su ingenio era gigante. En lugar de un discurso convencional, realizó un acto de magia, transformando un trozo de brócoli en chocolate. Este acto no solo le aseguró una victoria arrolladora, sino que también lo marcó como un niño original, valiente y sin miedo a romper los esquemas.
Sus talentos eran múltiples. La actuación era uno de ellos; en el escenario se transformaba, cautivando a la audiencia. Pero su verdadera pasión era el fútbol. Decidió ser arquero, una posición que exige no solo una destreza física excepcional, sino también una fortaleza mental inquebrantable. Defendía su arco con una ferocidad tal que le costó varias fracturas, pero nunca mermó su determinación. En la cima de sus 12 años, había sido reelegido como el arquero titular del equipo de élite para el que jugaba. Acababa de terminar su primer año de escuela media y se preparaba para unas vacaciones llenas de aventuras, sin saber que la vida tenía un plan diferente y cruel.
Todo comenzó con un síntoma aparentemente inofensivo: un dolor de cabeza. Algo que cualquier padre podría atribuir a un simple resfriado o a un virus pasajero. La primera visita al pediatra arrojó un diagnóstico de sinusitis, para la cual se le recetaron antibióticos. Los síntomas no mejoraron. Una segunda visita sugirió que podría ser un virus. Pero el dolor persistía y la condición de Oliver empeoraba. En un abrir y cerrar de ojos, la situación escaló de una preocupación menor a una emergencia médica. Oliver fue hospitalizado, y en cuestión de horas, la familia recibió un diagnóstico devastador.
Los médicos pronunciaron las palabras que ningún padre está preparado para escuchar: Leucemia agresiva. Las probabilidades eran un cruel 50/50, una moneda al aire entre la vida y la muerte. A partir de ese instante, el mundo perfecto de la familia Tarazona-Strong comenzó a desmoronarse. El terror se apoderó del pequeño Oliver. Todo sucedió en un lapso vertiginoso de 36 horas. Fue, en palabras de su madre, como si un gigantesco tsunami los hubiera arrastrado sin piedad. La enfermedad avanzó con una velocidad aterradora. Oliver comenzó a tener dificultades para respirar, su vida se escapaba con cada bocanada de aire. Fue trasladado de urgencia a la unidad de cuidados intensivos.
En la fría y estéril habitación de la UCI, la tragedia alcanzó su punto culminante. La imagen de la cara aterrorizada de su hijo persigue a Vilma cada día. En un acto de desesperación y rabia, Oliver se arrancó la máscara de oxígeno y, entre lágrimas, gritó sus últimas palabras: “Mami, mami, me voy a morir, me voy a morir, no me voy a recuperar”. Esas palabras, un eco eterno en el corazón de su madre, marcaron el final. El cáncer, con una agresividad inusitada, había estallado en sus pulmones, provocando que dejaran de funcionar. Perdió la conciencia y tuvo que ser intubado para que una máquina pudiera respirar por él.
Poco después, su corazón se detuvo. Un equipo de 25 especialistas, entre médicos y enfermeras del Hospital de Niños de Miami, luchó desesperadamente por revivirlo, utilizando todos los recursos técnicos y humanos a su disposición. Pero sus esfuerzos fueron en vano. Aunque lograron que su corazón volviera a latir, el tiempo que su cerebro permaneció sin oxígeno fue demasiado largo. Oliver estaba clínicamente muerto. La vida, en un acto de crueldad absurda, se los había arrebatado. Conectado a máquinas que mantenían artificialmente sus funciones vitales, sus padres tuvieron que tomar la decisión más difícil y antinatural de todas: dejarlo ir.
El momento del doloroso adiós es indescriptible. Tomaron sus manitas aún calientes, lo besaron y, ahogados en un llanto que brotaba desde lo más profundo del alma, le agradecieron por los 12 años de inmensa felicidad que les había regalado y le dijeron lo orgullosos que estaban de él. Desde ese día, su vida dejó de ser vida para convertirse en un estado de supervivencia indefinible, caminando con un puñal clavado en el corazón.
Aunque el mundo exterior sigue su curso, el universo de Vilma, Simon y su hijo Edward se detuvo. Viven en un estado de shock permanente, anhelando despertar de la pesadilla. Pero la realidad es otra. La ausencia física de Oliver es un vacío imposible de llenar. En medio de la oscuridad, sin embargo, han encontrado una luz, un propósito para seguir adelante. Quieren perpetuar el legado que su hijo les dejó en su corta pero intensa vida.

Oliver les enseñó a ser mejores seres humanos, a ser compasivos, a no juzgar y a ayudar a los demás. Su sueño era cambiar el mundo. Inspirados por su espíritu luchador, han creado la fundación Oliver Forever Strong. A través de ella, lucharán con la misma tenacidad con la que Oliver defendía su arco en la cancha. La fundación se dedicará a financiar investigaciones que busquen las causas del cáncer en los niños, con la esperanza de encontrar curas y evitar que otras familias sufran una pérdida tan devastadora. Así, el espíritu de Oliver seguirá vivo, salvando las vidas que él no pudo seguir viviendo.
| Etapa | Síntoma / Diagnóstico | Impacto |
|---|---|---|
| Inicio | Dolor de cabeza leve. | Considerado un síntoma común, tratado como sinusitis o un virus. |
| 36 Horas Después | Hospitalización y diagnóstico de Leucemia agresiva. | Shock total para la familia y el inicio de una pesadilla. |
| Horas Finales | Fallo respiratorio, paro cardíaco y muerte cerebral. | Pérdida trágica y la decisión de desconectar el soporte vital. |
Oliver Strong, de 12 años, falleció a causa de una forma muy agresiva de leucemia. La enfermedad se manifestó y progresó de manera extremadamente rápida, causando su muerte en tan solo 36 horas después de los primeros síntomas graves.
Fue diagnosticado con una leucemia agresiva. Este tipo de cáncer de la sangre avanza muy rápidamente y requiere tratamiento inmediato y intensivo.
La fundación tiene como objetivo principal financiar la investigación científica para encontrar las causas del cáncer infantil. Su misión es ayudar a desarrollar mejores tratamientos y, en última instancia, salvar vidas para honrar la memoria y el espíritu compasivo de Oliver.
Vilma Tarazona es una galardonada periodista y corresponsal nacional para la cadena Univision. Cuenta con una extensa carrera cubriendo noticias de alto impacto en Colombia, Europa y Estados Unidos.
La familia busca perpetuar el legado de Oliver a través de su fundación. Apoyar organizaciones dedicadas a la investigación del cáncer pediátrico es una forma de contribuir a la lucha que ellos han emprendido para que ninguna otra familia pase por un dolor similar.
La historia de Oliver es un recordatorio brutal de la fragilidad de la vida y de la injusticia del cáncer infantil. Pero también es un testimonio del amor incondicional de una familia que, en medio de su dolor más profundo, ha elegido transformar su tragedia en una fuerza para el bien. Oliver será su luz siempre, y su lucha, ahora, es la lucha de todos.
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